El Penyalba y el Montduver (travesía desde Simat de la Valldigna)

      En el verano de 2005 un pavoroso incendio asoló la practica totalidad del, ya anteriormente castigado, macizo del Montduver.

      Las cartas de amor de un amante despechado fueron las culpables. Un individuo, ciego de ira por su amor ultrajado decidió quemar esas cartas en un contenedor de la urbanización de Les Foies. El aire de poniente hizo el resto y casi nos quedamos sin una de nuestras mejores montañas.

     Es extraño, no tenía idea de que aún se escribieran cartas de amor. De hecho, pensaba, que hoy en día, las únicas cartas de amor ya solo te las enviaban los bancos.
     No le había dicho a nadie en toda la semana que pensaba subir al Penyalba. Quien me sigue sabe que todo mi ateísmo y agnostismo se han puesto en cuestión en los últimos meses con mi proyecto de subir a esa montaña. El mal tiempo y cualquier contratiempo parecían oponerse a que yo la abordara. Aquel día hice todo lo que un montañero no debe hacer en la vida y más cuando lo hace en solitario: no dije en casa a donde iba esa mañana. Le dije a mi mujer que me iba a Espadán y me fui al Penyalba. Me sentí como ese marido que miente y en realidad va a la busqueda de los brazos de su amante. Era la cuarta vez en poco tiempo que lo intentaba y no podía arriesgarme a que este otoño traidor lo evitara. Lo he escrito en otras crónicas: era nombrar mi deseo de subir a estas montañas y siempre acababa lloviendo. De hecho, hoy lo conseguí, en un día con una gran claridad y a la tarde, se puso a llover, como si el mismo tiempo se hubiera dado cuenta del engaño.

     Subí a la font del Cirer, el lugar de donde no había conseguido pasar en las anteriores ocasiones. Sin demora, me encaminé a la Cova de les Malladetes. Una preciosa subida donde la Valldigna da paso a la montaña del Toro y de repente a las seductoras formas de la Serra del Buixcarró.

De El Penyalba y el Monduver

     Subí con tanta premura que llegué en la mitad del tiempo previsto. La cueva, sin la gran importancia de su vecina en el Montduver, la del Parpalló, es otro de nuestros santuarios de la antiguedad, un importante yacimiento cuyos tesoros llenan las vitrinas del Museo de Prehistoria de Valencia. Profané la valla que la protege y con mucho respeto compartí un cigarro con mis antepasados. Observando el horizonte no me estrañó que eligieran tan soberbio lugar para vivir rodeados de tanta belleza.

De El Penyalba y el Monduver
            Emocionado, seguí el camino.

     Cuando llegué a lo alto del Coll de les Aligues se me presentó imponente el Penyalba. Solté un silbido como si hubiera visto a la Betty Boop. Dice un amigo que lo que me pasa a mí con las montañas le recuerda lo que a un conocido suyo con las mujeres: que me gustan todas. La ventaja que tengo yo respecto a su conocido es que, a mí, aunque se me resistan, las acabo conquistando todas (las montañas, claro).

De El Penyalba y el Monduver

     Cuando crees que el camino va a abordar la subida directa a sus rosas paredes, gira a la izquierda y da un fenomenal rodeo por su ladera norte. Se abren las grandes panorámicas de la Valldigna encajada a los pies de la Corbera y la Serra de les Agulles, y aparece el inmenso azul del Mediterráneo. Asoma Cullera y los inacabables arrozales inundados hasta la Albufera. Me acordé de la enorme sorpresa que fue recorrer por estas mismas fechas el año anterior la Serra de les Raboses, rodeado por el inmenso lago de arroz.

De El Penyalba y el Monduver
       En un giro del camino, cuando retomas la cara este del Penyalba, se me presentó también, junto a él, imponente, el Alto de la Drova. Tuve que reprimir el impulso de correr montaña arriba. Eso es como cuando te habías encegado en una chica y al final acabas fijandote en su hermana. Remonté las últimas y empinadas rampas y por fin estaba arriba.
Fue un instante de enorme alegría. Después de tantos meses, estaba rodeado de mis mejores amigos y amigas. La Corbera, el Montduver, el Montgó, la Segaria, nadie quería faltar a la cita…Bernia, Serrella, Aitana, el Circo de la Safor… mi Benicadell… ¡Montcabrer, que sorpresa, cuanto tiempo! Me giré y miré al norte… Martés, Ave, Calderona, Espadán…¡no os lo vais a creer…Penyagolosa!. Todos quisieron estar presentes en este gran momento para mí. Hace unas semanas me había vacilado el Penyalba y ahora yo me mostraba más agradecido que Rosendo. Había conseguido llegar por fin a la cumbre y recordé que había mentido esa mañana.

     Llamé a casa desde la cima: “que estoy en el Penyalba“…”¿y eso donde está?¿En Espadán?”… “Bueno, no, está junto al Montduver, es que… no quería que lloviera y…te he dicho que me iba en dirección contraria… y…”. Me colgó. Antes me pareció que me decía algo asi como que yo no estaba bien ó que estaba peor. Desde luego, algo de razón tenía.

  

Fijé los ojos en mi próximo objetivo, el Montduver y me dirigí hacia el Alto de la Drova. Era todo un placer caminar por la amplia cresta del macizo rodeando mis pies el valle de la Drova, la Foia de Barx y la inmensa Valldigna. En la inmensa panorámica del Alto de la Drova mis ojos se detuvieron en el mejor rostro del Penyalba. Desde luego, la cara este es la más favorecida de esta gran montaña.

     Dicen que el Penyalba tiene forma de peineta. A mí me recordó el sillón de mi madre con su enorme respaldo y sus brazos de piedra. No se si existirá Dios pero si existe estoy seguro que el septimo día se recostó sobre el Penyalba a descansar y contemplar su magna obra. Desde hoy, el Penyalba, forma parte del patrimonio emocional de mis mejores momentos en la montaña.

     A la altura del Forat de la Drova la cresta se estrecha y surjen dos opciones: continuar por ella ó bajar por una senda que la rodea a unas decenas de metros de la ladera. Si esto lo escribiera mi amigo Ramonet deberíais automaticamente ignorar sus consejos ( ya sabéis como le ponen a él las crestas de las montañas) pero lo cierto es que la continuidad por ésta no reviste el menor riesgo, y si os lo dice un montañero con vértigo como yo, podéis estar tranquilos.

  

Y en hora y media desde el Penyalba (y parecía que estuviera ahí al lado) llegas a la pista que sube el Montduver. No supe encontrar el antiguo camino a la cima, quizás por las prisas ya que el horario se me echaba encima y aún era muy largo el camino. Decidí subir por la pista, que atraviesa todo una reserva botánica. No entiendo nada de plantas pero desde luego las había muy bonitas. Tampoco entiendo nada de mujeres y algunas las encuentro preciosas. Me acordé de nuestro amigo Paco, del Botánico, y lo feliz que se hubiera sentido en este lugar, rodeado de endémicas plantas.

        Y por fin llegué a la tercera de las cumbres de ese día, uno de los buques insignias de la Comunidad Valenciana. No me gusta esta cima. Reconozco que tiene un fuerte aliciente montañero pero no es una cumbre de la que puedas disfrutar. La práctica totalidad de la cima está ocupada por un enorme complejo de antenas. No es que esté muy en contra de su instalación, después de todo, gracias a ellas, disfrutamos de las ventajas de la moderna tecnología, y yo no puedo estar contra ellas y querer hacer uso del móvil ó sentarme a ver mi programa favorito. Tampoco me gustan los pantanos o los modernos molinos que destruyen nuestras montañas, y disfruto de su agua ó su electricidad.

     Cuesta encontrar un metro cuadrado desde donde observar la magnitud del paisaje pero es un deleite rodearte del inmenso mar de agua del Mediterráneo y del inmenso mar de montañas que nos circundan. Todas llegan como pequeñas olas a tus pies. Le eché un vistazo al Cingle Verd, al Aldaia y el Pla de les Simes, a la Falconera y al Buixcarró, y al abrupto paisaje de la cara este del macizo en término de Xeraco, todos ellos objetivos de mis próximas salidas.

  

Decidí comer y eché un vistazo cómplice a mi cantimplora. No pude evitar acordarme de la primera vez que subí a esta montaña con mis amigos del Cim. Nos salió un día de extremo poniente y hervía el agua de las cantimploras. Delirando por la sed llegamos a Xeresa y me bebí cinco cervezas seguidas, yo que rara vez pruebo una gota de alcohol. Hoy hacía frío y no había probado una gota de agua.

        Volví sobre mis pasos y me encaminé en dirección a Les Foies. La senda pierde altura con velocidad y atraviesa las vastas laderas desoladas por el maldito incendio. Los restos de cadáveres forestales dan paso a algunos pinos supervivientes. De todas formas, la montaña, poco a poco, va adquiriendo los tonos verdes de la lenta regeneración, que contrastado con las enormes calizas de las gigantescas rocas, van dándole un toque mágico a la soledad de la ruta. Chicos, esto no es Espadán, pero mantiene la grandeza de los vastos paisajes.

        A la altura de Les Foies, todos sus perros, parecieron empeñados en interrumpir la siesta de los vecinos, como alegrados por la llegada de un senderista nuevo. Solo, cuando llegaron a verme, enmudecieron. Hasta me pareció oir a uno de ellos que le decía a otro perro “Buah, pero si ese es el de Acelobert; ese está aquí casi todas las semanas; yo por ese ni me molesto en ladrar…”. La verdad es que tenía razón y agradecí su silencio y la influencia sobre sus amigos. Después de todos estos intentos ya me tenía merecido su respeto.

     Pronto estuve de vuelta en la Font del Cirer y empezó a llover. Había realizado una grandísima ruta y me había ganado no solo el respeto de los perros sino hasta el del tiempo.

       Y estas han sido mis cartas de amor, las cartas de amor de un montañero enajenado. Espero que no sea el fuego sino la pasión de las palabras las que enciendan la próxima vez dos de nuestras mejores montañas.

Pincha en la foto para ver un interesante album de la ruta:

El Penyalba y el Monduver

Os dejo un enlace a otra crónica sobre la parte sur de la sierra con los Parajes de Borrell y Parpalló.

https://acelobert2010.wordpress.com/2009/03/24/la-drova-las-faldas-del-montduver-parajes-de-borrell-parpallo/

26 comentarios en “El Penyalba y el Montduver (travesía desde Simat de la Valldigna)

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