Ontinyent – Bocairent – El barranc dels Tarongers

De 2008_04_05 Onteniente – Bocairente
¡Aquello estaba “abarrotao”!
      Cuando entramos con la intención de tomar un cafelito para ponernos las pilas aquello parecía la feria de Sevilla. Al echar un vistazo desde la entrada al mostrador uno creyó encontrar la respuesta al ver tres preciosas chicas atendiendo al personal. Pero sólo cuando conseguimos hacernos un hueco en la barra apreciamos cuanto error escondía nuestro precipitado juicio.
      Chicos, puedo presumir de haber recorrido buena parte de España y cuatro continentes y, os aseguro, que en ningún sitio del mundo había visto cosa igual. Aquello no eran bocadillos…
 ¡aquello eran bocados!
      Unas inmensas barras de pan abiertas con una generosidad de ingredientes dispuestas a saciar la gula de aquellos currantes que activaban sus móviles para llamar y decir que hoy no los esperaran en casa para comer…
      ¡y las tortillas!…
                                    ¡de un palmo de altura!
                                                                               ¡y las cortaban a rodajas!
      Desde hoy el Bar Miranda de Ontinyent pasa a nuestra pequeña historia de montañeros con la misma categoría que un día lo hicieron las delicias del bar de Ventagaeta, los manjares revolucionarios de Casa Pinet en Tárbena ó los antológicos carajillos de Casa Paquita en Eslida.
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     Y si hablamos de historia, la ruta del sábado si que merece el calificativo de… ¡un pequeño paseo por la historia de la Comunidad Valenciana!… como haré mención a lo largo de esta crónica.
     Coincido con el amigo Esteban Cuellar en que no sé por qué han bautizado a nuestro recorrido, el marcado como PRV 122, como “barranco dels Tarongers”. En efecto, allí es donde se halla el inicio del sendero, justo a los pies del Alt de Castellar, quinientos metros más allá del idílico aunque “pou-puloso” Pou Clar. Pero es que a los doscientos metros te lo dejas y lo que te conduce a Bocairent es el barranc d’Ontinyent.
¡Y qué barranco!
      Cruzado en su totalidad por una corriente de agua que acaba siendo un verdadero afluente del Clariano aquello resulta ser todo un vergel entre montañas que fueron masacradas por el fuego (otras más) allá en el desolador verano de 1994.
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     Entre su húmeda vegetación descubres las ruinas impresionantes de grandes molinos y batanes puestos a trabajar en los últimos siglos al servicio de una de las grandes comarcas españolas dedicadas al textil (Cavanilles llega a citar a Bocairent como la segunda ciudad textil del reino después de Alcoy).
      Emociona ver la soledad de las grandes norias, en un tiempo trabajando sin descanso, y hoy, olvidadas, repudiadas en los nuevos tiempos de la globalización económica.
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     Cuando superas este hechizante escenario, como si Kubrick hubiera diseñado una de sus inolvidables elipsis, saltas en el tiempo hasta la época de los moros y el camino te hace ascender por senderos empedrados y toda una escalera tallada en las calizas, hasta dejarte ante la fabulosa estampa de Bocairent.
De 2008_04_05 Onteniente – Bocairente
     Dejamos atrás el sendero señalizado con la intención de conocer uno de los pueblos más bonitos pero también más empinados de la Comunidad Valenciana.
     Por la hora queríamos visitar antes de nada las famosas Covetes dels Moros. Uno que me sé, que no vino el otro día, no se llevará un par de tortazos, porque a ver quién se le arrima, pero nos hizo subir en vano hasta la plaza del Ayuntamiento, porque decía que era allí donde vendían las entradas. Por no bajar para aún subir más, allá que nos fuimos a comprobarlo. Aún se está riendo el empleado de la oficina de Turismo que nos mandó a comprarlas “in situ”. (Manolo, no te mosquees, que te queremos mucho, lo hiciste con toda tu buena voluntad, pero este verano no me des la espalda cuando estés meditando sobre una poza de agua congelada).
     Hacía mucha calor y aparecieron las mangas cortas. Desde alguna de las bonitas casas se oyeron los primeros piropos y silbidos, y alguna mirada indecorosa.
     Hubo alguna que incluso hizo aumentar su nómina de admiradores.
     Volvimos a entrar en la cámara del tiempo y ya estábamos en enigmáticos tiempos anteriores a los moros. A pesar del nombre de les covetes parece ser que su origen es incierto y de culturas mucho más antiguas.
De 2008_04_05 Onteniente – Bocairente
     A los pies del inmenso panal de orificios en la roca, Paco Cero (lo de Cero es un pequeño chiste privado del que no me voy a extender porque no tendría sentido fuera de nuestro círculo senderista, pero si un día os cruzáis con mi amiga Ana, ella os lo cuenta) nos instruía con tanta devoción sobre las particularidades de los habitáculos, que parecía Paco “el Po-Cero”, vendiéndonos una de sus viviendas.
     Cuando fueron construidas, parece ser que con la finalidad de almacenar grano, estaban aisladas entre ellas y el acceso se realizaba con cuerdas o escalas. Con los siglos fueron comunicandolas hasta formar un divertido laberinto con una sola entrada y una sola salida. El reto está en recorrerlas todas hasta llegar a la meta del exterior, eso sí, con un buen ejercicio de gimnasia. A mí me hizo recordar aquel juego de “la escalera” de los Juegos Reunidos Geiper: igual tenías que ascender ayudado por una cuerda por un orificio, que al llegar arriba tenías que bajar trepando por otro, que si ahora a la derecha, que si ahora una pequeña escalerita donde la piedra no tenía mella para ayudarte, que si algunas salas tenían varias posibilidades de continuar…
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De 2008_04_05 Onteniente – Bocairente
     Paco Cero nos ayudó a lanzar el último dado y luego se marchó subiendo al pueblo mientras tarareaba aquella canción de “Yo no me llamo Javier…yo no me llamo Javier…”. Alguien preguntó que de quién era esa canción y yo contesté que de los Toreros Muertos. Entonces me vino a la cabeza que aún no habíamos visitado la plaza de toros de Bocairent.
¿Que qué hacen unos montañeros en una plaza de toros?
     Pues chicos, estábamos recorriendo un pequeño paseo por la historia y la plaza de toros de Bocairent está construida al estilo de los teatros romanos, con todo el graderío circular excavado en la roca. Yo también jamás pensaría que iba a entrar en una… pero no me hubiera disgustado observarla con todo su ambiente.
De 2008_04_05 Onteniente – Bocairente
     Ya iba a darle al botón de la máquina del tiempo, para irnos con los romanos y los íberos, cuando alguien me agarró del brazo y me sugirió el lujazo de tomarnos un café a mitad de ruta.
                                                                        ¿Café?
                                                                                    ¿Has dicho café?
                                                                                                                   ¡Aixó ho pague jo!
     No recordaba que aquella posibilidad nos hubiera surgido nunca en nuestros grandes paseos por la montaña. Desde luego que estaba resultando atípica la excursión del día y lo celebramos por todo lo alto en un precioso barecillo excavado en la roca en la estupenda plaza mayor.
De 2008_04_05 Onteniente – Bocairente
     La “ruta mágica” nos devolvió al precioso puente romano y al poco ya estábamos en dirección a Ontinyent por los restos de la antigua calzada íbera y romana.
     Andábamos flanqueados por la sierra Mariola a la derecha y el gran tajo del Barranc de Ontinyent de la mañana. Aún se podían apreciar los surcos que sobre la piedra dejaron en su día las rodadas de los carros y nos dirijíamos a uno de los poblados donde entonces vivían nuestros ancestros: El Alt del Castellar.
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     Tenía previsto que lo hubieramos visitado pero la calor empezó a hacer mella en nosotros como esas rodadas de los carros y decidimos dejarlo para otra ocasión. Si que encontramos restos de lo que sería una pequeña aldea y, a su lado, habían facilitado la travesía de aquellos vehículos vaciando las grandes rocas para facilitar el acceso. Aquello no alcanzaba la grandiosidad del “Camino Hondo” del Castellar de Meca pero me emocionó imaginar el trasiego del tráfico rodado por aquellas duras lomas. En aquel paraje desolado por los incendios maldije al que descubrió el fuego pero recé por el que inventó la rueda.
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     Esta parte del trayecto te exige tener buen olfato senderista porque las marcas no han sido revisadas y a la que te despistes acabas en la carretera que une las dos poblaciones actuales. Menos mal que había recabado algunas notas al respecto y conseguimos continuar por un buen sendero diseñado sobre muretes y que rodea el Alto del Castellar hasta dejarte en cómodas lazadas en la carretera pero solo a quinientos metros del lugar de partida. Era materialmente imposible llegar a él por la morfología del terreno y hubo que hacerlo extremando las precauciones con la calzada, pero alegrados de nuevo por la sonoridad del Clariano que poco más abajo contruye un lugar de arrebatadora belleza: El Pou Clar, un conjunto de pozas y cascaditas que el río ha excavado en las blancas calizas y que probablemente será el sitio donde ejecute mi venganza este verano con mi amigo Manolo.
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Tenéis un pase de diapositivas pinchando en el recuadro de abajo:

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